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Iggy Pop. El hombre de las mil vidas

Iggy Pop by Roger Woolman

 

Por Carlos Pérez de Ziriza*. Sus cicatrices son como heridas de guerra. Los surcos de su piel, galones. Su fibroso y también magullado torso es un icono de la cultura rock. Como sus vaqueros ceñidos. Su intermitente cojera, una muestra de supervivencia. Se le ha dado por muerto en más de una ocasión. Gran error. A veces da la impresión de que James Newell Osterberg (Muskegon, Michigan, 1947) no es humano. Es una iguana, sí, pero no una cualquiera: una que hubiera firmado un pacto con el diablo, porque no suelen vivir más de dos décadas.

Iggy Pop es un alma kamikaze a quien siempre se le consideró el padrino del punk. Sin él y sus Stooges, seguramente la generación del 77 no hubiera sido exactamente la misma. Ni tampoco la del grunge, un decenio más tarde. El sonido de la aguerrida Detroit, la ciudad del motor, les tuvo a ellos y a los MC5 como unos avanzados a su tiempo, precursores del sonido fiero, abrupto e irreverente que cambiaría el curso de la música popular una década después de que ellos se formaran. Reducidos a la etiqueta de banda de culto, poco viables comercialmente, tendrían que pasar décadas para que fueran reconocidos como se merecían.

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La trilogía que integran The Stooges (Elektra, 1969), Fun House (Elektra, 1970) y Raw Power (Elektra, 1973) es historia palpitante del rock. Tres discos tallados al filo de la navaja. Oscuros, amenazantes. Peligrosos, incluso para la integridad física de su autor, que se automutilaba en conciertos que eran auténticos aquelarres. Ceremonias a tumba abierta. Abrasivos, hirientes, completamente disruptivos respecto a las modas y tendencias del momento en el que fueron editados.

El tercero de ellos lo produjo un tal David Bowie, personaje esencial en su historia porque sin él no se habrían producido muchos de los cambios que marcarían su carrera. Porque más allá de cualquier estereotipo, Iggy Pop fue siempre sinónimo de cambio. Independientemente de que en sus conciertos haya primado siempre su versión más fiera. El periodista británico Paul Morley dijo una vez sobre él que James Osterberg es el pensador e Iggy Pop el ejecutor. Y no iba desencaminado. Por algo muchos de sus pensamientos, los más alejados del canon rock, han quedado sin traducción al escenario. Siempre vendió más su vertiente más agreste.

La trilogía que integran The Stooges (Elektra, 1969), Fun House (Elektra, 1970) y Raw Power (Elektra, 1973) es historia palpitante del rock.

El suyo es un rock casi siempre sin adulterar, sí, pero también es jazz, electrónica gélida, acercamientos al metal y al blues. Músicas que le alejan del canon por el que casi todo el mundo lo conoce, porque muchos de esos interesantes bandazos creativos han sido oscurecidos por sus obras maestras. Uno de sus últimos discos, sin ir más lejos, fue el notable Free (Loma Vista, 2019), que hacía honor a su nombre mediante una incursión en terrenos lánguidos y paisajísticos, cercanos al jazz de vuelo libre, como una suerte de descompresión de las guitarras eléctricas y de la vida en la carretera.

Concierto  Iggy Pop España

La leyenda Iggy Pop actuará en Diversity València Festival el próximo jueves 21 de julio

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No siempre le apetece darse un baño de multitudes sobre un escenario al ritmo de sus clásicos más reconocidos, por mucho que seguramente en Diversity Festival se vuelva a prestar a ello, tal y como hizo en sus anteriores visitas a València, en los Jardines de Viveros en 2011 o en Arena Auditorium en 1994. Él se debe a su historia, pero también reserva siempre un hueco para la introspección y la experimentación.

Yves Lorson, CC BY 2.0 <https://creativecommons.org/licenses/by/2.0>, via Wikimedia Commons

Del cielo de Berlín a la eternidad

El primer gran giro de su carrera llega, como decíamos, de la mano de David Bowie y su llamada etapa berlinesa. Ambos músicos se hacen uña y carne en la capital alemana en 1976. Ambos tratan de escapar de sus adicciones. Y el resultado de la alianza se cifra en dos álbumes, Lust For Life (RCA, 1977) y The Idiot (RCA, 1977), dos obras muy influidas por el pop electrónico y maquinal de Kraftwerk.

El primer gran giro de su carrera llega de la mano de David Bowie. El resultado de la alianza se cifra en dos álbumes: Lust For Life (RCA, 1977) y The Idiot (RCA, 1977). Dos obras muy influidas por el pop electrónico y maquinal de Kraftwerk.

Como ocurre con todos los grandes creadores, Iggy se desmarca de su propia sombra justo cuando sus discípulos tratan de seguirle el paso. Así que cuando las guitarras de los Sex Pistols, Ramones o The Clash empiezan a atronar, él ya está a otra cosa. La ayuda de Bowie, el ambiente de los estudios Hansa de Berlín (en el primero de esos dos discos), un existencialismo prestado de la literatura de Dostoievski y una fórmula que trataba de casar a James Brown con Kraftwerk (años antes de que estos fueran piedra angular del primer electro en Nueva York) fueron los pilares de esta primera gran resurrección creativa. Que no sería la última, desde luego.

Como ocurre con todos los grandes creadores, Iggy se desmarca de su propia sombra justo cuando sus discípulos tratan de seguirle el paso. | Concierto Iggy Pop España 2022 Haga clic para Tweet

La resurrección de los noventa

La segunda llegaría más de una década después. Y certifica su ingreso en el mainstream. Su vuelta a las listas de éxitos. La puerta de entrada a una segunda juventud durante la que ya nadie le discute su ascendencia sobre la generación del grunge. La barrera de los cuarenta ya sobrepasada como un tótem absoluto.

El disco se llama Brick By Brick (Virgin, 1990), llega tras unos años ochenta que para él –y para la gran mayoría de vacas sagradas del rock clásico– habían resultado más bien anodinos, y lo tiene todo para seducir al gran público: un sonido que bascula entre el hard rock de radiofórmula que tanto se llevaba por aquel entonces (Gun, Living Colour, incluso Guns N’ Roses y las bandas de sleaze rock californianas) y cierto toque AOR, la producción del experimentado y sagaz Don Was, las colaboraciones de Slash y Duff McKagan (de los mismísimos Guns N’ Roses) y Kate Pierson (de unos renacidos The B-52’s, producidos un año antes por el propio Don Was en su fabuloso Cosmic Thing) y una magnífica portada ilustrada por el dibujante Charles Burns. Con tales ingredientes en fondo y en forma, muy malas debían ser las canciones para despuntar.

Y no lo eran, desde luego: Home, Candy o Living In The Edge Of The Night se convierten en destacados comodines para cualquier emisora de radio del momento y el álbum se proclama como el más vendido de toda su carrera, alfombrando el camino a unos años noventa de exitosas giras y trabajos no tan inspirados pero igualmente rocosos, como American Caesar (Virgin, 1993) o Naughty Little Doggie (Virgin, 1996). Puede decirse que el giro de Brick By Brick (1990) supuso el último gran álbum de rock – en mayúsculas – de su carrera. Pero no su último gran álbum.

La madurez del crepúsculo

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Aaron Rubin, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, via Wikimedia Commons

El siglo XX podría haber certificado su defunción creativa. La inevitable esclerosis. Reunió de nuevo a los Stooges durante la década de los 2000 porque la nostalgia y el reciclaje eran los principios que la inspiraban, en giras alimenticias y con un disco más que prescindible bajo el brazo (The Weirdness, 2007), pero sus secuaces, los hermanos Ron y Scott Asheton, murieron en un lapso de cinco años, entre 2009 y 2014.

También se fueron Lou Reed (en 2013) y David Bowie (en 2016), quien le había rescatado en los 70 de ese pozo sin fondo en que amenazaba convertir su carrera, legándonos una vibrante despedida.

De los tres protagonistas de aquella icónica instantánea tomada por Mick Rock en 1972, con el rock and roll animal, el duque blanco y la iguana posando ante la cámara, ya solo quedaba él. Olía a fin de ciclo. A irremediable declive. A ocaso.

Pero su decimoséptimo álbum fue una mayúscula sorpresa. Mostrando de nuevo su olfato para rodearse de productores de moda, reclutó con sigilo a Josh Homme (Queens Of The Stone Age, remodelador del sonido del tercer disco de Arctic Monkeys) como supervisor y a dos músicos tan versátiles como Dean Fertita (compañero de Homme en QOTSA) al mando de teclados y guitarras y Matt Helders (Arctic Monkeys) a la batería.

De los tres protagonistas de aquella icónica instantánea tomada por Mick Rock en 1972, ya solo quedaba Iggy Pop. Olía a fin de ciclo. A irremediable declive. A ocaso. Pero su decimoséptimo álbum fue una mayúscula sorpresa mostrando de nuevo su olfato para rodearse de productores de moda. Post Pop Depression (Loma Vista, 2016) es uno de los mejores discos de toda su carrera.

La operación se reveló como absolutamente rejuvenecedora: Post Pop Depression (Loma Vista, 2016) es uno de los mejores discos de toda su carrera. Remite a los viejos Lust For Life o The Idiot (ambos de 1977) pero desde un prisma novedoso, más orgánico y seco, acorde con la actualidad del momento. Una nueva forma de modular su veta más rock sin necesidad de ceñirse al canon crooner de discos como los también muy estimables Préliminaires (Astralwerks, 2009), Après (Thousand Mile, 2012) y Free (Loma Vista, 2019), presididos por su voz de barítono. Es difícil pillarle a Iggy Pop con el pie cambiado respecto a los tiempos. Muy pocos lo hubieran dicho hace cincuenta años.

Cuando recale en València el próximo 21 de julio, contará 75 años. Y como superviviente nato que es, tratará de seguir haciendo honor a ese concepto visceral, salvaje, sexual y peligroso del rock, haciéndole la cobra a la autoparodia de sí mismo en la que podría haberse convertido hace ya muchos años.

Iggy Pop, Public domain, via Wikimedia Commons

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*Carlos Pérez de Ziriza. Periodista. El País, Efe Eme, Mondo Sonoro, Rockdelux, Cartelera Turia, el Hype, Beat Valencia, Música Dispersa, GQ, Lletraferit, À Punt. Coordina mussica.info

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