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Un viaje Queer por la música y la cultura

But we’re trash
You and me
We’re the litter on the breeze
We’re the lovers on the streets
Just trash
Me and you
It’s in everything we do
It’s in everything we do

Tema Trash de Suede

El término QUEER (CUIR) ha estado muy vinculado en los últimos años a las políticas de reivindicación por la diversidad sexual. La Q del arcoíris LGBTIQA+ hace referencia a esta palabra. Estas siglas cada vez acogen a más a otras. Difícil no hacerlo ante multitud de movimientos sociales que empiezan a evidenciar que aquello que históricamente se ha considerado “normal” —como la heterosexualidad o nuestras identidades de género (mujer versus hombre)— esconden en el fondo una enorme pluralidad de matices que evidencian que, si nos sinceramos ante el espejo, nadie cumple al cien por cien el estereotipo exigido por el binomio.

Como afirma Coco Riot, artista murciano en su obra Llueven Queers, “No conozco a nadie que corresponda completamente al género que la sociedad le ha impuesto”.

Aquí todo el mundo tiene rarezas y la normalidad es el estado en el que se ocultan  para sobrevivir.

Son justo esas “rarezas” —todo aquello que no encaja en el status quo y que nos hace diferentes—, lo que el movimiento Queer quiere poner en valor para hacer una vida más habitable. Desenmascarar las mentiras, salir de todos los armarios y desabrocharnos esa obligación de encajar en un molde tan pequeño, que no reconoce la grandeza de la diversidad que somos.

La historia del término Queer

El filósofo, escritor y comisario de arte Paul B. Preciado es uno de los referentes de los posicionamientos Queer dentro del estado español. En un artículo para la web Parole de Queer, Preciado hace un recorrido extenso sobre el origen del término queer: sus causas y devenires sociales a través de los siglos y su posterior uso como categoría usada para la lucha de las disidencias y de las corporalidades consideradas abyectas o indeseables. Fuera de la norma.

Como explica el escritor, hubo un tiempo en que la palabra queer sólo era un insulto:

En lengua inglesa, desde su aparición en el siglo XVIII, “queer” servía para nombrar a aquel o aquello que por su condición de inútil, mal hecho, falso o excéntrico ponía en cuestión el buen funcionamiento del juego social. Eran “queer” el tramposo, el ladrón, el borracho, la oveja negra y la manzana podrida pero también todo aquel que por su peculiaridad o por su extrañeza no pudiera ser inmediatamente reconocido como hombre o mujer.
Lo queer como huella y fallo, como desencaje y fracaso.

Lo Queer como huella y fallo, como desencaje y fracaso. Lo Queer  —como expresa el filósofo burgalés— no es “ni chicha ni limoná”.

Preciado avanza en la historia de este concepto centrándose en la sociedad victoriana en la que la heterosexualidad era el centro de los conceptos burgueses de familia y estado. En estos casos, el término “servía para nombrar también a aquellos cuerpos que escapaban a la institución heterosexual y a sus normas”, mantiene.

“La amenaza venía en este caso de aquellos cuerpos que por sus formas de relación y producción de placer ponían en cuestión las diferencias entre lo masculino y lo femenino…”.

Entre los Queer que describe Preciado, se encontraban los llamados “invertidos”. Palabra que históricamente se ha usado como insulto al igual que ocurre con marica, bollera o travesti. Todos estos términos son resignificados en estos movimientos para darle la vuelta al insulto. Usados desde el valor personal y político: Orgullo Marika. Orgullo Bollero. Orgullo Bi.

Como expresa, Paul B. Preciado, “desplazado por la injuria fuera del espacio social, el “Queer” estaba condenado al secreto y a la vergüenza”.

En el estado español tenemos como un claro ejemplo la Ley de vagos y maleantes que, a principios del siglo XX, condenaba comportamientos que la Orden Penal consideraba antisociales. Ésta fue modificada durante el franquismo para condenar también a homosexuales.

Por otra parte, el giro Queer y su uso como categoría de lucha y denuncia, tuvo lugar en los años noventa. Según Preciado, “hubo que esperar hasta mediados de los años ochenta del pasado siglo para que, empujados por la crisis del Sida, un conjunto de microgrupos decidieran reapropiarse de la injuria “Queer” para hacer de ella un lugar de acción política y de resistencia a la normalización”.

 

Activistas de grupos como Act Up (de lucha contra el SIDA) o Radical Furies o Lesbian Avangers decidieron tomar el insulto y transformarlo en un programa de crítica social y de intervención cultural.

Lo que había cambiado era el sujeto de la enunciación: ya no era el señorito hetero el que llamaba al otro “maricón”; ahora el marica, la bollera y el trans se autodenominaban “Queer” anunciando una ruptura intencional con la norma. La intuición estaba presente desde las revueltas homosexuales de los 70.

Para Paul B. Preciado,

Ser marica no basta para ser “Queer”: es necesario someter su propia identidad a crítica”

Cultura Vogue y representación de la feminidad

La filósofa norteamericana Judith Butler fue la artífice de la llamada teoría queer que, a grandes rasgos, viene a poner en evidencia la construcción social de los géneros a través del término performatividad.

Butler se fijó en la cultura popular de los ambientes no heteros —comunidad de la que ella misma hace parte— para tratar la cuestión de cómo eran las maquinarias de los géneros.

¿Qué produce un género fuera del cuerpo: qué roles, qué discursos, qué literatura? ¿Qué lo produce dentro de nuestros propios cuerpos?

Los shows Drag King y Drag Queens de los locales de ambiente ponían en juego las feminidades y masculinidades predominantes llevadas al extremo.

Pero no sólo los locales nocturnos llevaban a cabo esta filosofía a la práctica. Fueron las comunidades racializadas de la disidendencia sexual de los EE.UU. quienes crearon toda una cultura en torno a la performatividad de los géneros mucho antes de su teorización. Se trata de la ball culture que luego sería puesta en escena en el pop por la propia Madonna con su famoso Vogue.

La serie Pose recoge todo un acercamiento a esta respuesta a la exclusión de identidades transfronterizas.

En estos encuentros se hacían desfiles en los que se premiaba la actuación que más se acercaba a lo normativo. Hombres gay que intentaba acercarse lo más posible a la feminidad estereotipada, mujeres trans que lucían sus mejores poses de diferentes disfraces sociales: mejor cuerpo femenino para un imitador, desfile militar, hombre de negocios, glamour…

Como explica Manuel Segade, director del Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) y comisario junto a Sabel Gavaldón de la exposición recientemente finalizada «Elements of Vogue. Un caso de estudio de performance radical» en este artículo para la revista Pikara Magazine,  “El ballroom o ball culture nace en los años 20 en el barrio de Harlem como una escena Queer: un espacio de articulación de presencia LGTBQ en la comunidad afrodescendiente de Nueva York”.

Dentro de la cultura ballroom, explica Segade, “el voguing nace como un estilo de baile propio de esta comunidad. Detrás de estos, se generan en los años 70 un sistema de familias” —las casas o houses—, “que comienzan a sofisticar poco a poco los momentos de encuentro y las fiestas que organizan para convertirlos en lo que hoy conocemos como ball”.

En la serie puede verse cómo estas casas estaban dirigidas por una mujer trans que acogía a jóvenes expulsados de la sociedad por su identidad u orientación sexual.

El show de la Drag y artista internacional RuPaul’s Drag Race recrea también en forma de reality el funcionamiento de estas casas y se inspira en el ambiente de los ballroom para las diferentes pruebas a la que someten a aspirantes a Drag del año.

Este programa ha tenido su reciente versión en castellano bajo el nombre Drag Race. Gracias a la participación en este programa de Hugáceo Crujiente —artista de género no binario—  pudimos ver la interpretación Drag de las Fallas de València que creó para una de las pruebas. En su publicación en Instagram, incluyó este mensaje:

falla hugáceo crujiente

FALLA NON-BINARY

“Sinceramente este runway fue el más complicado para mí a la hora de desarrollarlo. Soy una persona que no se identifica con una ciudad en concreto. No soy folclórica tampoco. ¿Cómo voy a identificarme yo con una ciudad si según lo necesito me voy a un sitio diferente? Soy nacido en Getafe, posteriormente viviendo en Segovia para luego mudarme a València. Bueno pues al final me decidí por València porque aquí fue donde nació Hugáceo Crujiente. Me considero una persona en desarrollo, de ahí la falla en construcción. La idea de este look la desarrollé a partir de unas piezas de @parodiparadise y lo construí con el fantástico equipo de @visorifashionartstudio

Sé que es un look muy experimental y espero que la gente de mi amada València entienda que este look lo he hecho desde lo más profundo de mi amor hacia su arte más internacional”.

Don’t be a drag, just be a queen

Precisamente, hablando de la escena musical, Rupaul es uno de los nombres de carreras artísticas que más suenan en el universo queer. Ha sido el personaje que ha popularizado la cultura Drag y quien lo ha convertido en un fenómeno de masas. Sus carrera musical está llena de grandes éxitos y colaboraciones como su Don’t Go Breaking My Heart con Elton John y otros de gran actualidad popularizados por el propio reality.

El tema Vogue de Madonna es otro de los grandes hitos musicales que ha llevado a las masas una cultura que tuvo su origen en la marginalidad. En la propia serie Pose se trata cómo se vivió este fenómeno que puso de moda unos lugares que, tras la popularidad, volvieron a ser desechados por la sociedad.

Otra de las artistas que más retrotrae a su mundo el universo queer es Lady Gaga. Tanto sus letras como su filosofía recuerda siempre poner en valor las rarezas. En su tema Born this way (Nací así) nos dice “Don’t be a drag, just be a queen”.

Freddie Mecury hizo de su modo de vida su bandera y fue uno de los hitos perjudicados por el estigma del sida. Sus subversiones tenían todo que ver con su forma peculiar de habitar el mundo. Decidió hacer de ello su mayor fortaleza. A menudo, el mundo de la cultura y la música acepta y permite identidades que, fuera de ese marco, serían rechazadas. Se vive a la persona como espectáculo, no como persona sujeta a derechos.

David Bowie también podría considerarse un Dios musical de todo lo abyecto y raro. Mucho más reciente, apariciones como las de Conchita Wurst en Eurovisión fueron todo un desafío hacia lo que se espera de un género masculino o femenino.

No sólo fuera. También dentro del Estado español tenemos nuestras disidencias musicales queer. Falete (y su estética), Miguel de Molina, La Prohibida… han demostrado históricamente sus irreverencias. En el sur del continente americano Sudor MarikaKumbia Queers serían grandes exponentes del movimiento desde la música.

En la escena musical queer, el género se desdibuja y abandona el centro. No se coloca ni nos coloca en dicotomías y permanece en continuo cambio y tránsito, como la propia música.

Como diría Butler, “después de todo, la justificación para la lucha se da en el campo sensorial, se utiliza el sonido y la imagen para reclutarnos en una realidad y para hacernos participar en ella”.

La diversidad fluye incontenible. La diferencia no falla. Somos la pluralidad irremediable que te cuenta. La multiplicidad que te lleva a expresar de forma auténtica.

Venimos a decir que tu suma, aquí, no resta. Que tu nombre no nos borra. Que tu inclusión es la esencia humana que hace libre la existencia.

Eres un código galáctico único hecho de infinitas combinaciones de estrellas. Ven, manifiesta, brilla, ¡sé!

Nada es igual aquí. Somos el espacio en el que nunca jamás serás indiferente.

¡Celébrate!

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